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Por: Richard Shaw

 

Ya no vivimos en los tiempos del burdo robo de urnas, ni del secuestro de resultados, hoy lo que antes se hacía a la fuerza, se logra con astucia, tecnología, tiempo y bastante pisto…

 

Hace muchos años cuando trabajaba en Diario el Gráfico, vivía muy cerca del periódico, en un pequeño apartamento en casa de mi tía María Mercedes Arrivillaga.

Era una construcción colonial conocida en el mundo bohemio como ¨ La cueva” pues así la había bautizado Manuel José Arce. En ese caserón a falta de intercomunicadores era común pegar un grito para avisar algo o llamar a alguien, y de todos los gritos que escuché en esa casa recuerdo uno que de verdad me descompuso, fue al día siguiente de las elecciones presidenciales (1982). Yo había llegado tarde de la redacción, estaba recostado en mi cama cuando de pronto escuché un alarido mezclado con lamento: ¨ ¡Se volvieron a robar las elecciones¡… –era la tía Mona- quien con voz entrecortada  y con matices de rabia y frustración, no salía de su asombro, y  ¡no era para menos¡ el General Aníbal Guevara había sido declarado presidente electo. Me imagino que la misma escena se repitió en miles de hogares que al enterarse del triunfo del General, no les quedó más que resignarse al igual que lo habían hecho antes, cuando a Efraín Ríos Montt y otros candidatos antes y después de el los poderes fácticos de turno, también les robaron las elecciones.

En ese tiempo los poderosos de turno: CACIF (oligarquía) y Ejército con mano cavernícola, habían logrado de nuevo dominar el escenario político, eran tan obvios en su manipulación, en su grosería, en su arrogancia y en su desprecio por el pueblo, que toda la situación era asqueante.

Hoy con más de dos décadas de supuesta vida democrática, los poderosos continúan con el sartén por el mango, sus métodos y actores han cambiado pero siguen igual de codiciosos, manipuladores y tristemente efectivos.

 

Antes se compraban votos el día de las elecciones, hoy lo hacen con el sistema prepago de publicidad alienante, antes se llevaban camionadas de indígenas (previamente amenazados), hoy todavía existe esa práctica pero eso sí, ahora son más discretos y sus técnicas van desde el rico tamal, camiseta, gorra hasta el clásico y efectivo billete de Q100. Antes el robo de las urnas, la alteración de papeletas y de actas era fácil ahora la manipulación electrónica es más práctica y menos evidente. Los grupos de poder alimentan, suben y mantienen a sus lacayos con constantes inyecciones de capital, la lucha electoral no se da en el campo de las ideas o programas sino, más bien en el terreno del patrocinio.

Los políticos están dispuestos a negociar el alma por unos cuantos quetzales, la cobertura de una noticia o anuncios de radio y televisión.

Los actuales pseudos partidos políticos, son entes electoreros que no se preocupan por la formación de cuadros medios y futuros líderes. En los partidos no se respeta la democracia interna  (respeto a las bases), no buscan realizar los ideales democráticos de una nación y su dependencia del capital los tiene amarrados y destinados a ser instrumentos del poder económico, su servilismo es el aceite que necesitan los poderosos para ejecutar su bien planeado fraude preelectoral. Para los financistas los votantes son tontos útiles.

Si alguna organización política es peligrosamente honesta y capaz, y en su inocente desarrollo desea crecer limpia y sin compromisos, entonces el poder económico se encarga de ahogarla financieramente y ante esa cruel realidad comienza la subasta de ideales y puestos de elección.

Para poder superar esa dependencia enfermiza es necesario fortalecer la democracia interna de los partidos, creando instituciones políticas con mística y orientación ideológica.

SI NO HAY EQUIDAD NO HAY LEGALIDAD

Los partidos políticos deben recuperar su dignidad, y la sociedad civil debe acompañarlos en ese camino pues solo así reconstruiremos el sistema de partidos políticos que hoy agoniza y que se ha convertido en una sociedad anónima.

Los dirigentes de los partidos deben entender que una reforma electoral valiente les daría realmente el poder y los liberaría de esa farsa que llaman ganar las elecciones hipotecando el alma.

Ser Presidente pero no gobernar es aceptar ser una marioneta, ganar elecciones pero no poder tomar decisiones sin antes consultar o congraciarse con sus financistas y “padrinos” no es ganar. Tener un gobierno comprometido, encadenado y con “deudas” políticas, es someterse, es venderse, es ser cholero bien pagado, pero al fin ¡cholero!

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